¿Es Wadith Manzur: El 'Dos Caras' de la Política Colombiana?

Wadith Manzur: El 'Dos Caras' de la Política Colombiana y  La Moral que Justifica el Robo con Carisma

Mar 12, 2026 - 21:52
¿Es Wadith Manzur: El 'Dos Caras' de la Política Colombiana?
Wadith Manzur: El 'Dos Caras' de la Política Colombiana

 La Moral que Justifica el Robo con Carisma

En el turbio mundo de la política colombiana, Wadith Manzur emerge como una figura que podría haber salido de las páginas de un cómic de Batman. Al igual que Harvey Dent, el fiscal íntegro que se transforma en el villano Two-Face –un ser de dualidad moral, con una cara de justicia y otra de caos–, Manzur proyecta una imagen de líder ejemplar: carismático, accesible y "del pueblo". Electo senador por el Partido Conservador el 8 de marzo de 2026 con más de 134.000 votos, un incremento notable desde sus elecciones previas, se le ve como un heredero de clanes políticos que "hacen obras" y se hacen querer, incluso si eso implica saquear el erario. Pero apenas tres días después, el 11 de marzo, la Corte Suprema de Justicia ordenó su captura por presunta corrupción en la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), revelando su "lado oscuro": un pacto ilícito para vender votos a cambio de contratos millonarios por más de 92.000 millones de pesos en municipios como Saravena, Cotorra y El Carmen de Bolívar. ¿Es Manzur el Two-Face real, donde la sociedad justifica al corrupto porque "roba, pero hace" y se hace querer con sonrisas y promesas?

Esta metáfora no es solo un capricho narrativo; ilustra una moralidad distorsionada en Colombia, donde el clientelismo reina supremo. La frase "roba, pero hace" encapsula una actitud cultural que tolera –e incluso celebra– la corrupción si el político es carismático y distribuye favores locales, priorizando el beneficio personal sobre la ética colectiva. Manzur, oriundo de Montería y hijo de Julio Manzur –un excongresista condenado por parapolítica–, ha construido una trayectoria que lo pinta como ejemplar: desde representante a la Cámara por Córdoba hasta presidir la Comisión de Acusaciones entre 2023 y 2024, con visitas frecuentes a la Casa de Nariño y un patrimonio que creció un 59% entre 2021 y 2023, alcanzando 3.198 millones de pesos con 47 propiedades y empresas familiares. En sus bastiones electorales, como La Guajira donde obtuvo 6.326 votos en Uribia, se le admira por su ascenso meteórico y su capacidad para "movilizar" –un eufemismo que a menudo oculta clientelismo o peor. Para muchos votantes, es el héroe que "hace", eclipsando sus sombras con carisma.

Sin embargo, como en el giro trágico de Two-Face, donde un accidente expone su dualidad, el escándalo de la UNGRD desgarra la máscara. Manzur, junto a Karen Manrique, Liliana Bitar, Julián Peinado, Juan Pablo Gallo y otros, enfrenta acusaciones de cohecho impropio por intercambiar apoyo a reformas sociales por contratos en la entidad, saqueando fondos destinados a emergencias y dejando comunidades vulnerables sin alivio. Aunque Manzur admitió lobby por inversiones en su distrito, niega irregularidades y se entregó voluntariamente, un gesto que en este sistema a menudo se recompensa con impunidad o "casa por cárcel". Esta "entrega" no lo redime; es parte del juego donde el corrupto simpático evade el escrutinio total. En un país donde el 81% percibe a los partidos como corruptos, su reelección pese a investigaciones previas destaca cómo la moral complaciente perpetúa el ciclo: votantes ignoran el "lado villano" porque el "héroe" les da migajas.

Esta justificación moral es un veneno histórico para Colombia, arraigado en la exclusión política y la debilidad estatal, donde clanes como el de Manzur operan como mafias, enriqueciendo fortunas privadas mientras el pueblo sufre –como en Córdoba, donde falló en mitigar inundaciones pese a su influencia. Protestas contra la corrupción, como las de 2017, muestran hastío, pero elecciones como la de 2026 –donde implicados triunfan– revelan que la lección no cala. La dualidad de Two-Face en Manzur no es ficción: es el reflejo de una sociedad que romantiza al "ladrón carismático", perpetuando desigualdad, violencia e inestabilidad. Si lo vemos como ejemplar, ¿qué dice eso de nuestra moral colectiva? Es hora de rechazar las máscaras y exigir integridad real, no ilusiones clientelistas. De lo contrario, Colombia seguirá atrapada en su propio cómic de corrupción, donde los villanos ganan porque se hacen querer.