Viceprecidencia, Alianzas en las Sombras: El Presagio del Viernes 13 en la Carrera Presidencial Colombiana

En este viernes 13 de marzo de 2026, sumérgete en las alianzas políticas turbulentas y engañosas de los candidatos presidenciales en Colombia, un laberinto de pactos oscuros que desatan caos electoral y sirven como presagio para la democracia.

Mar 13, 2026 - 12:34
Viceprecidencia, Alianzas en las Sombras: El Presagio del Viernes 13 en la Carrera Presidencial Colombiana
Viceprecidencia de viernes 13 en Opinión Colombia

Alianzas en las Sombras: El Presagio del Viernes 13 en la Carrera Presidencial Colombiana

Bogotá, 13 de marzo de 2026 – Viernes 13. El sol se filtra tímido entre las nubes grises que cubren la capital, como si el cielo mismo dudara en iluminar el caos que se desata en el tablero político. Ayer, al filo de la medianoche, venció el plazo para inscribir las fórmulas vicepresidenciales ante la Registraduría Nacional, y lo que debería ser un ritual democrático se ha convertido en un aquelarre de pactos turbios, promesas rotas y alianzas que huelen a azufre. En este día de mal agüero, donde las supersticiones se entretejen con la realidad, las duplas presidenciales emergen no como faros de esperanza, sino como presagios de tormenta. Detrás de cada apretón de manos, se ocultan sombras de engaños, intereses ocultos y un historial de escándalos que amenazan con arrastrar al país a un abismo de incertidumbre. Esta crónica desentraña el velo, revelando cómo estas uniones, forjadas en la oscuridad, podrían ser el preludio de un desastre electoral.

Todo comenzó en las semanas previas, cuando las consultas interpartidistas del 8 de marzo –esa supuesta fiesta de la democracia– dejaron un reguero de votos anulados y acusaciones de fraude que aún resuenan como ecos malditos. Más de 3 millones de sufragios perdidos en el limbo, un sistema electoral bajo lupa por irregularidades financieras y contratos sospechosos que, según revelaciones periodísticas, involucran empresas que renunciaron pero siguieron manipulando el software de conteo. Ataques cibernéticos "alarmantes" contra la Registraduría, detenciones masivas en fronteras y denuncias de partidos eliminados por maniobras oscuras. En este contexto de desconfianza, las alianzas presidenciales no son más que máscaras en un baile de engaños, donde candidatos prometen cambio mientras tejen redes de poder que apestan a corrupción y transacciones bajo la mesa.

Tomemos el caso de Iván Cepeda, el heredero del petrismo, quien se alía con Aída Quilcué, la lideresa indígena del CRIC. A simple vista, un gesto romántico: el progresismo urbano unido al clamor rural, un puente entre Bogotá y los territorios olvidados. Pero escarben un poco, y surge la turbulencia. Quilcué, con su historial de defensora de derechos humanos, entra en un pacto que huele a cálculo electoral puro, atrayendo el voto étnico mientras el Pacto Histórico se ve salpicado por alertas de corrupción en sus cierres de campaña –tarimas millonarias bajo escrutinio y contratos que despiertan sospechas de lavado de fondos. ¿Es esta alianza un genuino llamado a la paz, o un velo para ocultar las grietas de un movimiento que, tras el gobierno Petro, deja un Congreso fragmentado y acusaciones de fraude que el mismo presidente cuestiona? En este viernes 13, esta dupla se presenta como un presagio: un matrimonio de conveniencia que podría desatar tormentas en las regiones, donde los intereses indígenas chocan con las ambiciones capitalinas, dejando un rastro de promesas incumplidas.

No menos oscura es la fórmula de Abelardo de la Espriella con José Manuel Restrepo, el exministro duquista. Anunciada en Cali, bastión petrista, como un golpe maestro de "consenso" –el carisma mediático del abogado unido al rigor técnico del economista. Pero ¿consenso o conjuro? De la Espriella, conocido por su anti-petrismo visceral, se alía con un hombre que navegó las aguas turbias de la Hacienda bajo Duque, en un gobierno marcado por escándalos de evasión fiscal y alianzas con elites que ahora se disfrazan de salvadores. Esta unión, celebrada como "disruptiva", oculta un engaño mayor: la promesa de estabilidad económica en un país donde los votos se compran con favores, y donde los partidos tradicionales –esos "mercaderes de lo público"– solo apuestan a ganadores, alineándose con quien ofrezca más en la sombra. Es un presagio de traición: Restrepo, con su pasado académico impecable, podría ser el chivo expiatorio cuando las turbulencias económicas –heredadas de crisis pasadas– estallen, dejando a De la Espriella como el mago que desaparece en la niebla.

En la derecha, Paloma Valencia emerge victoriosa de la Gran Consulta con Juan Daniel Oviedo como su sombra vicepresidencial. Ganó con el 59% de los votos, un triunfo que debería brillar, pero que se empaña en la oscuridad de un Congreso empatado y fragmentado, donde el Centro Democrático se consolida como oposición pero sin mayoría absoluta. Oviedo, el exdirector del DANE, trae datos y análisis, pero ¿qué oculta esta alianza? Una consulta que apenas movilizó votos reales, dejando en evidencia que la indignación en redes no basta para derrotar al "eje colectivista". Es un engaño colectivo: prometer una fuerza demoledora contra el estatismo, mientras las estructuras políticas transaccionales –liberales, conservadores, la U– calculan en las sombras, listos para traicionar si la oposición no demuestra poder. Este viernes 13, esta dupla es un mal augurio: un castillo de naipes que podría derrumbarse ante la primera ráfaga de escándalos electorales pendientes.

Y qué decir de Roy Barreras con Martha Lucía Zamora, o Sergio Fajardo con Edna Bonilla –alianzas que se venden como puentes moderados, pero que flotan en un mar de turbulencias. Barreras, perdedor en su consulta, une fuerzas con una exfiscal anti-corrupción, pero en un panorama donde partidos como el suyo fueron eliminados por irregularidades, y donde ofertas vicepresidenciales como la de Fajardo a José Antonio Segebre revelan negociaciones ocultas. Estas son alianzas engañosas, presagios de fragmentación: el centro se diluye en un Congreso dividido, donde acusaciones de formularios manipulados y marcas sospechosas reviven fantasmas de 2018. Claudia López, Miguel Uribe Londoño y los demás candidatos menores no escapan: sus duplas son meros espejismos en un desierto de desconfianza, donde el voto de opinión se evapora ante la realidad cruda de incentivos perversos.

En este viernes 13, las alianzas presidenciales no son más que un aquelarre político, un presagio de lo que vendrá: una segunda vuelta polarizada, donde los engaños se destapen y las turbulencias electorales –fraudes denunciados, dinero incautado, cruces ilegales desde Venezuela– culminen en un caos que podría devorar la democracia. Colombia, bajo este cielo ominoso, se asoma al abismo. ¿Serán estas sombras el fin de una era, o el comienzo de una pesadilla? El reloj avanza, y el mal augurio se hace realidad.